CAPITULO 5
Lali
ahogó una exclamación. Tomó un extremo de la sábana y trató de arrancarla de la
cama, pero había otro extremo atascado. Peter se acercó y se inclinó sobre la
cama para liberar la sábana y al mismo tiempo, introdujo la mano debajo de la
camisa de Lali y le acarició las nalgas con firmeza. Lali chilló una vez, luego
se puso de pie, le arrebató la sábana y se envolvió las piernas con ella.
Lali:
¿Cómo puede tratarme así? ¿Qué he hecho para merecer esto? Jamás he hecho daño
a nadie en toda mi vida- lo dijo con tanto sentimiento que Peter bajó la vista.
Peter:
Yo tampoco he hecho nunca algo así. Tal vez simplemente debería dejarte ir,
pero no puedo. Sería como arrojar una flor silvestre a una tormenta de nieve o teniendo
en cuenta la vida que hay en estos muelles, sería como arrojarla al fuego- cuando
volvió a mirarla, sus ojos estaban suaves y tiernos- No tengo mucha posibilidad
de elegir. No puedo dejarte ir pero tampoco quiero tenerte prisionera. ¡Dios!
Ni siquiera tengo esclavos, mucho menos encierro a chiquillas inocentes.
Cuando
terminó de hablar, se dejó caer con pesadez en una silla que había en un
rincón. Lali tuvo la extraña sensación de que deseaba consolarlo. Durante el
incómodo lapso de silencio, reparó en las cajas, que estaban sobre el baúl.
Lali:
¿Me trajo un vestido?- preguntó en voz baja.
Peter:
¿Si te traje un vestido?- repitió, sonriendo, parecía haber superado su momentáneo
abatimiento. Tiró de la cuerda que sujetaba una caja y comenzó a desplegar un
vestido de terciopelo, de un color que Lali no había visto antes: casi castaño,
casi rojo pero con cierto resplandor dorado. Al entregárselo a Lali- Es del
color de tu cabello: ni rojo, ni castaño, ni rubio, sino todos ellos al mismo
tiempo- Lali lo miró, sorprendida.
Lali:
¡Que... qué romántico! No sabía que usted...- riendo, Peter tomó el vestido.
Peter:
No sabes nada de mí y yo sé menos aún de vos. Ni siquiera me has dicho cómo te
llamas- vacilante, Lali pasó la mano por el terciopelo que tenía en sus brazos.
Toda su ropa siempre había sido del género más barato posible. El terciopelo
era la tela más hermosa que había visto pero, por mucho que deseara sentirlo
sobre su piel, prefirió ser cauta.
Lali:
Me llamo Mariana- declaró, en voz baja
Peter:
¿Sin apellido? ¿Sólo Mariana?
Lali:
Me dicen Lali, eso todo lo que le diré y si piensa que puede sobornarme con un
elegante vestido, se
Equivoca-
respondió con altivez.
Peter:
No acostumbro sobornar a la gente- replicó- Ya te he dicho cuáles son las condiciones
para dejarte ir y el vestido no tiene nada que ver con ellas.
Arrojó
la prenda de terciopelo sobre la cama, se dirigió a las otras cajas y las abrió
una por una, vaciando su contenido desordenadamente. Había un vestido de crepé
de seda celeste adornado con cintas de color azul verdoso y un camisón de lino
bordado con cientos de diminutos pimpollos rosados. De la última caja cayeron
dos pares de zapatillas y del de cuero delgado, teñidas al tono del terciopelo
y del vestido azul.
Lali:
Son bellísimos-dijo asombrada, al tiempo que se llevaba la seda a la mejilla.
Peter
la observaba, encantado. Ella era una mezcla de niña y mujer: furiosa un
momento, como una gatita enojada y luego se convertía en una niña inocente y
adorable. Al mirar aquella sonrisa que iluminó los ojos marrones de la muchacha,
Peter se sintió embrujado por ella, como si sobre él hubiera caído un hechizo
que le impidiera pensar en algo que no fuera ella. Ese día había pasado horas
enteras en las tiendas, donde se sentía totalmente fuera de lugar pero deseaba
hacerla feliz. Se sentó junto a ella en la cama.
Peter:
¿Te gustan? No sabía qué clase de vestidos ni qué colores prefieres, pero la
vendedora me dijo que éstos son la última moda.
Cuando
Lali le sonrió, Peter sintió que lo invadía una oleada de posesividad que sólo había
experimentado por sus tierras. Antes de llegar a pensar en lo que hacía, se inclinó
sobre la ropa y atrajo a la joven hacia él. Sin darle tiempo a protestar, la
besó con avidez, tratando de recuperar cada instante en que había pensado en
ella durante el día.
Lali:
Mis vestidos- protestó- Se aplastarán, con un solo movimiento, Peter recogió
toda la ropa y la arrojó sobre la silla.
Peter:
He pensado en ti todo el día- susurró- ¿Qué me has hecho?- Lali trató de
responder en tono despreocupado, a pesar de que la cercanía de Peter le aceleraba
el pulso.
Lali:
Nada que haya deseado hacerle. Por favor, suélteme.
Peter:
¿De veras quieres que te suelte?- preguntó con voz ronca, mientras le besaba el
cuello.
¿Por
qué, pensó Lali, este hombre vil y repugnante me hace estas cosas horribles?
Pero, si bien pensaba eso, no se esforzaba por apartarlo. Ansiaba estar en sus
brazos, y adoraba la forma en que la besaba, el olor de su aliento y la manera
en que le acariciaba el rostro. El tamaño de aquel hombre la hacía sentirse
pequeña y segura, cuidada, protegida. Sus pensamientos se interrumpieron cuando
los labios de Peter hallaron sus pechos desnudos. Ya no pudo pensar: gimió y le
acarició los hombros. Lentamente, Peter la soltó. Abrió los ojos, perpleja y lo
vio de pie, quitándose la chaqueta. Incapaz de quitarle los ojos de encima, lo
observó desvestirse sin prisa. La luz del sol poniente entraba por la ventana y
llenaba la habitación con un resplandor rojo dorado que la transformaba en un sitio
de mágicas joyas. Muda, Lali no lograba apartar la vista del cuerpo de Peter,
que poco a poco se iba descubriendo. Nunca había visto a un hombre desnudo y
sentía mucha curiosidad.
Nada
habría podido prepararla para la imagen de Peter desnudo. Tenía los músculos
muy desarrollados por años de trabajo, los brazos esculpidos, el pecho como el
peto de una antigua armadura romana que ella había visto en un libro. Sin
embargo, su cintura era delgada y en su vientre se destacaban los músculos.
Cuando se quitó los pantalones, quedaron al descubierto sus muslos macizos en
los que se distinguía cada músculo.
Lali:
Cielos- murmuró y su voz delató el asombro que sentía. Sólo parpadeó cuando sus
ojos llegaron a la virilidad de Peter que rió y se tendió a su lado.
CONTINUARÁ…
genial me encantaaaaaa
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